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Fecha: Jueves, 30 Octubre 2008 « Anterior | Siguiente » en Incesto

Con mi suegra

Anonimo
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´Me casé a los 21. Cada domingo comíamos con mis suegros. Con mi suegra platicaba al prepara la comida mientras los machos veían el fut. Uno de esos domingos al entrar a la cocina me quedé pasmasa: mi suegra vestía

INCESTO

CON MI SUEGRA

Me casé a los veintiún años. Al terminar la ceremonia, se dieron las felicitaciones, es costumbre. Un tanto alelada, también común en las bodas y novias recién casadas, recibía los abrazos con cierta indiferencia y una forzada sonrisa. Sentí un abrazo diferente a los demás. En ese momento no identifiqué a quien me abrazaba, tampoco el significado de esa diferencia. Sin embargo, fue impactante para mi sensibilidad; con mucha frecuencia lo recordaba, más intensamente que cualquiera otra sensación tenida esa mañana tan especial. Dos años después, supe lo que tanta impresión dejó en mí.
Con gran desconcierto, la noche de bodas, la desfloración y las parcas emociones fueron algo desabrido, insulso, sin haber sentido el placer que esperaba con anhelo persistente e inmensa ilusión. Mi novio, ahora mi marido, se comportó con frialdad, sin violencia, pero tampoco fue tierno, amoroso, ni siquiera se preocupó por saber si estaba complacida, o si deseaba alguna caricia o unos besos más. Luego, las rutinas del matrimonio. La convivencia fue agradable; las tales relaciones sexuales continuaron insulsas, igual a la triste noche de bodas; llegué a no darles importancia, simplemente abría las piernas para que él me penetrara; soportaba, estoica, los escasos minutos del mete y saca. En cuanto se bajaba, me iba al baño para con cierta repugnancia lavar mi sexo; sacar con mis dedos el semen viscoso me parecía asqueroso, y luego regresar a escuchar los ronquidos del marido durmiente.
Una de las rutinas que me resultaba agradable era la visita dominical que hacíamos a mis suegros. Un poco antes del medio día llegábamos a la casa de los papás del marido. Él siempre llevaba una botella de licor para beber con mi suegro mientras veían con entusiasmo el canijo juego dominical de fútbol. En tanto, mi suegra y yo nos dedicábamos a charlar y hacer la comida. Mi suegra es una mujer bastante joven para tener un hijo casado de 20 años. Mi suegra nunca quiso decirme su edad; le calculo unos 35, un tanto apoyada en lo que sí confiesa, esto es, que se caso con escasos quince años... "forzada, no vayas a creer", dijo entre risas. Después supe por qué; una noche se calentó más de la habitual, y permitió que el ahora marido la desflorara; a consecuencia de la cogida se embarazó. En realidad, su apariencia es de una mujer que no rebasa los treinta. Su rostro es esa edad la que refleja, además de la belleza escultural del mismo. Ojos azules, claros cual manantial. Nariz recta, exquisita; labios finos, sensuales, se abren lindas sonrisas aumentando la belleza del rostro, permiten ver los dientes parejos, brillantes, muy blancos que se convierten en un atractivo más. Su cuello fascina. Sus hombros, cuando se pueden ver sin ropa, son muy, muy voluptuosos, atractivos. Sus senos, ?Dios, qué senos!, erguidos, con los pezones siempre marcándose sobre la ropa; pechos no muy grandes, tampoco pequeños. Su cintura es de avispa. Sus nalgas, ?un portento de nalgas!, así son, ni más ni menos. Sus muslos: maravilla; esta maravilla culmina en las no menos maravillosas piernas que se sustentan a la vez en hermosos pies, pies envidiables. El conjunto del cuerpo, ?arrobador!
Las charlas de los domingos nos acercaban. En las primeras ocasiones comentábamos pocos detalles de la semana transcurrida sin entrar en nada íntimo. A lo largo del tiempo nuestras rutinarias conversaciones se hicieron más profundas, siempre dejando de lado lo personal. Es decir, hablábamos del mundo y sus duras miserias, del arte, y el esplendor de lo artístico, de la historia, de nuestra crasa desmemoria en cuanto a los agravios, ofensas y explotación recibida de los diferentes regímenes. También de cuestiones de género, de cómo las mujeres somos situadas cual humanos de segunda, discriminadas en todo, con miles, millones de prohibiciones encima, en fin, coincidíamos en calificar como desgracia ser mujeres. Pero también decíamos que era posible emprender la lucha por la igualdad de géneros, para terminar con la discriminación sexista, y malvada lacra en contra de las mujeres. Así, tácitamente, admitíamos ser desgraciadas, sin darnos cuenta cabal. Yo, continuaba considerando a mi suegra una bella y maravillosa mujer, sin que en el pensamiento existiera contenido sensual, o lo pensara producto del atractivo físico que ella pudiera ejercer sobre mí.
Un domingo, hace dos años, entré a la cocina; me sorprendí al ver a mi bella suegra vistiendo una tenue blusita casi transparente, y no llevaba sostén. Sus senos esplendían fantásticamente desnudos debajo de la fina y delgada tela. Hasta la sonrisa que llevaba en mis labios se congeló; no digamos el habitual saludo en voz alta que al verla siempre hacía. Ella lo detectó, dijo: "?Qué te pasa?, hasta parece que viste fantasmas", así de asombrado debió ver mi rostro. No supe decir nada. Pero mis ojos seguían fijos en los senos majestuosos. Ella, creo, supo que veía sus chichis, porque hizo un movimiento intentando ocultarlos a mi vista. No hizo sino situarlos de perfil, con lo que la hermosura de los senos aumentó por verse ahora erguidos, mirando al techo, los lindos pezones oscuros, tiesos cual cerezas coronando cortos pitones de toro. Sé que se cohibió; entonces, reaccioné; me dije: es insensato, además de indiscreto continuar con el arrobo visual provocando pena en mi bella madre política. Por eso, haciendo esfuerzos sonreí, pronuncié el saludo habitual, para ir a abrazarla y besarla en ambas mejillas y ser retribuida por los mismos besos, por sus brazos que me abrazaban y las manos que acariciaban mi espalda al parejo de las mías en la grácil espalda ajena. Aún así permanecimos mudas un tiempo, viéndonos a los ojos con expresión asombrada. Tratando de poner un alto a mi inexplicable inquietud hice un comentario que nos relajó, y así pudimos iniciar una conversación cuyo contenido olvidé. Debe haber sido algo interesante pues nos olvidamos de lo que había provocado el asombro avergonzado de las dos Mas estaba dicho que ese domingo sería muy, muy especial.
Mientras la conversación intentaba ponernos de acuerdo en el tema, pude reflexionar sobre la causa de mi raro sobresalto embelesado. Los sonrojos que sentí llenando mi rostro fueron la clara expresión de mi comprensión del fenómeno. Con nerviosismo creciente hice conciencia: los senos de mi rica suegra me producían innegable excitación sexual; innegable porque continuaba viendo los tan fabulosos senos en cuanta oportunidad había, además de sentir todavía más perturbarte sensación de atracción y también deseo de admirarlos sin ninguna ropa delante de ellos; después, con verdadera vergúenza pensé en besarlos, además de acariciarlos plenamente con mis manos, a la vez sentí bien húmeda la entrepierna extendida hasta llegar a los muslos. Ella, aparentemente tranquila. Sin embargo, pude ver que sus muslos se frotaban uno contra otro fuera de control. Es decir, la aparente tranquilidad intentaba ocultar su ? nuestra ? creciente excitación.
Entonces mi suegra dijo: ahora voy por la escalera. Desconcertada, esperé que regresara. No lo hizo. La escuché gritar desde el patio para que fuera a ayudarla. En el patio, en el centro, hay un frondoso limón. En los muros colocaron potentes focos para iluminar el amplio espacio. Con frecuencia comemos bajo del gran limonero; la comida se prolonga hasta entrada la noche por lo que se hace necesario encender los focos. Mi suegra había puesto la escalera recargada en uno de esos muros. "Necesito poner un foco. Quiero que comamos aquí, ya sabes, luego hace falta la luz; el foco se fundió hace unos días y no me había hecho el ánimo de cambiarlo", sonriendo, explicando su huída; ese significado tenía su inesperado mutis de la cocina. Yo creo que estaba un tanto lerda por la excitación, porque el remedio resultó más inquietante que la enfermedad. "?Me sostienes la escalera mientras lo cambio?", dijo, sin dejar de sonreír. Cuando estuvo en lo alto, pude ver muslos redondos, suaves, mórbidos, verdaderamente hermosos y, arriba, las nalgas portentosas, cubiertas con la fina pantaleta de encajes, encajes que dejaban ver las nalgas, y unos pelos que, además, lograban salir de la prenda laxa. Tragué saliva ante la inesperada y excitante visión. Mis sabrosos jugos se derramaron torrenciales; una mano fue a mi boca para acallar el enorme grito de asombro que sentí venir desquiciante e irreprimible. En ese momento, elevé la vista para comprobar si ella se daba o no cuenta de que yo veía sus encantos más íntimos. Mi vista chocó con la de ella, entonces comprendió su error. No estoy nada segura de la intencionalidad de su exhibición; de una manera o de otra fue consciente que la veía fija, arrobada, excitada, temblorosa. Haciendo esfuerzo monumental, pudo colocar el nuevo foco; presurosa, inició el descenso. No pude apartar la vista de las lujuriosas formas de mi suegra durante el tiempo que estuvo encaramada en la alta escalera. Cuando estuvo en el suelo, a mi lado, con el rostro cubierto de sonrojos y sudor, con la mirada de pena inocultable, dijo: "?Carajo, hija, no sé donde tengo hoy... la cabeza! Mira, subirme a la escalera así nada más... ?Carajo!, me has de haber visto hasta... ?carajo!, no tengo perdón de Dios", dijo, y echó a caminar rumbo a la cocina.
La encontré con la cara oculta por las manos, sollozando, gimiendo de manera incontenible; lloraba en silencio. En el trayecto decidí restar importancia a lo sucedido; hacer, o intentar hacer, que ella desechara cualquier sentimiento de vergúenza. Por eso, en cuanto pude, la abracé y dije:
- Ya suegra, ya... no sé por qué se puso así. Digo, que haya visto sus muslos, ?qué importancia puede tener?, ?acaso no somos mujeres las dos? además de la gran confianza que nos tenemos no creo que deba avergonzarse por algo que no tiene la menor trascendencia. Vamos, suegrita, hasta podemos desnudarnos por completo por cualquier razón y no por eso sentir pena, mucho menos vergúenza.
Suspirando, seguía derramando lágrimas. Yo insistí en que lo pasado no era de ninguna manera incorrecto, o que hubiera incurrido en falta. Poco a poco se fue serenando. Con lentitud se separó de mí para limpiar las lágrimas que mojaban su rostro. Me vio interrogante, aún con visos de pena, y dijo:
- Gracias por ser tan considerada... y no refregarme en la cara mi tan brutal exhibicionismo.
- Vamos suegra, ?cuál exhibicionismo? Nada de eso. No hizo sino subir a la escalera para poner un foco y ya. Claro, yo estaba abajo, y no pude evitar ver... bueno, sus muslos. Entonces, si a esas vamos, yo debería de estarme muriendo de la vergúenza por no haber hecho lo necesario para dejar de... mirar hacia arriba, ?no cree? O, en todo caso, ya hubiera dejado de vestir estas minifaldas que usted tanto me halaga porque... exhibo mis muslos descaradamente. Además, somos adultas, ?no?
- Gracias hija, gracias por ser tan comprensiva. Quizá tengas razón... pero... ?carajo!, te digo, este día no sé donde dejé la cabeza... tampoco me di cuenta que mi blusa... ?carajo!, sé que lo notaste al llegar. Mi blusa, ?Dios mío, mi blusa!, otra exhibición... desvergonzada.
- Mire suegra, deje de estar pensando como... las tipas machistas que tanto criticamos. ?Qué importancia puede tener si usted y yo andamos encueradas, ?Dios nos va a castigar?, ?no recuerda tantas y tantas veces que hemos criticado la mojigatería reinante en todos lados? Mire suegra, dejémonos de niñerías; mejor pensemos y actuemos como adultas, como defensoras del género femenino. ? Volteé a la puerta de la cocina, agucé el oído para certificar que los varones seguían absortos viendo la tele; un tanto inconsciente, continué ? Miré suegra, para demostrarle que somos como le digo, voy a ponerme a tono.
Y levanté mi vestido hasta la cabeza. No paré allí, me lo quité, y luego retiré, ante los azorados ojos de mi compungida suegra, tanto el sostén como los calzones para quedar exquisitamente desnuda frente a ella. No pudo evitar dar un gritito sofocado ante lo que estaba viendo. Encendida en rubores, caliente como nunca pensé, di unos pasos para exhibirme cínicamente. Con la boca abierta me veía caminar subida en los altos tacones que siempre uso, contoneando las nalgas mórbidamente, hasta mis manos sin control subieron a los senos para hacerlos ascender a la manera de las desnudistas profesionales. Ella, primero escandalizada, veía sin dar crédito a lo que miraba, luego, roja como semáforo en alto, sonrió, enseguida reía discreta, y acabó riendo en alegres carcajadas. Entre carcajada y carcajada, decía:
- ?Fabuloso, fabuloso, fabuloso!
Indicando con sus palabras que debía continuar, cuando menos así lo interpreté. Excitada al máximo, deseando caricias que me hicieran estallar como cuando me masturbo, seguí bailando, ahora frotando mis muslos uno contra otro. Tuve un esbozo de orgasmo, y me di cuenta del riesgo de ser sorprendida por los machos. Entonces tomé mi vestidito, lo coloqué en su lugar, dejé las prendas interiores ? que en ese momento consideré horrendas ? en el piso. Ya vestida, sudando en la frente, con una catarata entre los muslos, dije:
- Ya ve suegra, no hay nada de qué avergonzarse.
Me senté sonriendo, viendo interrogante a mi suegra.
Mi excitación era fenomenal. Los esfuerzos que hacía para contenerla los sentí condenados al fracaso si no ocurría algo externo que evitara alguna expresión de mi excitación. Jadeando por la excitación, no por el ejercicio, tuve un estallido ? no, no fue un orgasmo ? mental. Vino a mi mente aquella extraña sensación que sentí... ?el día de mi matrimonio!. Por primera vez, al recordarlo, pude ligarlo a algo tangible: el abrazo que ese día me dio mi suegra. Fue un abrazo estrecho, cálido, más que afectuoso, prolongado. Además, junto con el abrazo, susurró con la boca pegada a mi oreja palabras afectuosas que poco tenían que ver con la sencilla felicitación por haber contraído nupcias. Mi mente, a marcha acelerada, identificó otra sensación que nunca admití: la excitación sexual que el conjunto de las caricias de mi suegra provocó en aquél momento de confusión en todos sentidos. Fui la asombrada por el recuerdo, y lo que acabábamos de vivir las dos. Una de mis manos fue a mi boca para acallar el grito que salía de mi garganta. Con asombro creciente fui ligando incidentes a lo largo de la forzosa relación con mis parientes políticos, en particular con mi suegra, y encontré que en muchas ocasiones me quedé extasiada viéndola desenvolverse en las feas tareas domesticas admirando las bellas formas de su grácil cuerpo. Recordé las muchas veces que no supe contestar a sus preguntas por haberme perdido en el azul de sus ojos. Ese domingo no era la primera vez que veía sus senos fijamente, tampoco la primera ocasión en que me calentaba con sólo verla. Turulata admití que mi tan preciosa suegra ejercía atracción irresistible para mí. Atracción que era, en definitiva, francamente sexual. Fueron segundos de reflexión casi aterrorizada por muchas razones: en primer lugar porque era mi suegra, enseguida por las duras implicaciones homosexuales evidentes en mis apreciaciones y conclusiones. Tal vez la expresión de mis ojos casi fuera de las órbitas, pusieron en alerta a mi afectuosa suegra. Vi, sin verla, que movía la cabeza en franca intención de contemplar mejor mi rojo rostro tratando de desentrañar lo que pasaba por mi mente después del tremendo espectáculo exhibicionista que realicé. Al no encontrar cómo interpretar mi reacción, dijo:
- ?Qué te pasa?, ?estás arrepentida de...?
Con el alma en vilo, con la vagina interviniendo cínicamente en mi ánimo, tratando de ocultar lo que estaba resultando evidente en mí, contesté:
- Nada... y mucho... querida suegra. Estoy enormemente confundida. ?Carajo!, como dice usted, nunca esperé sentirme... como ahora. Estoy, además de confundida, asombrada de mis... pensamientos, de mis reacciones, de mi... acto de desnudista de hace ratito. Pero, la verdad, hasta este momento no he pensado en... arrepentimiento; para nada, para nada... Oiga, suegra, ?usted se arrepiente de lo que hemos hecho las dos? ? dije, intentando zafarme por el mecanismo de las muchas implicaciones que la pregunta tenía.
Acusó recibo del paso de la pelota a su cancha. Cambió la expresión de su rostro a una de seriedad borrando la sonrisa que tenía desde que las carcajadas acabaron. Me miraba con más insistencia que nunca, más profundo intentaba desesperadamente penetrar a lo más íntimo y oculto de mis pensamientos y mi personalidad, cuando menos eso pensé en ese momento. Lo cierto es que, con un esbozo de nueva sonrisa, dijo:
- ?Ah que la chingada!, mira que eres mañosa. Me devuelves la pelota así nada más. Pero... creo, bueno, la verdad, no sé, no he pensado, no siento... tener respuestas a estas cosas... ?carajo, hija, no te mediste con tu acto! ? no dijo nada más. Seguía con su expresión interrogante, como que los sentimientos vergonzosos había sido sustituidos por otros difíciles de identificar en ese preciso momento. Pero, más mañosa que yo, sin decir nada me devolvía la pelota. La palabrota de mi suegra era de su vocabulario preferido cuando su estado de ánimo estaba o muy confuso o irritado por algo. En este caso, creo, la irritó mi respuesta evasiva.
Continué en la meditación a la rapidez del pensamiento. Poco a poco, y recordando mis argumentos para tranquilizar a mi suegra, y el propio acto erótico representado hasta alegremente por mí, sonreí, mis ojos ya no estaban desorbitados, y mi talante era ya de tranquilidad, relativa y todo, pero tranquilidad al fin. Entonces, sonriendo abiertamente, delineé con un dedo el rostro de mi suegra, y dije:
- Mire suegra, creo que lo que nos ha pasado este dichoso domingo amerita meterle mucho seso, mucha tranquilidad, hasta mucho estudio del chingo, como usted dice, de cosas que están implicadas en... bueno, en lo que hicimos consciente o inconscientemente. Me parece que sería bueno no seguir en este momento en un oscuro concurso de preguntas y respuestas que no sabemos a donde irá a parar. Mejor... bueno, estoy pensando en voz alta, le propongo posponer la discusión de este rollo cuando menos para la semana que entra, digo, si está de acuerdo.
- Carajo, hija... ?sabes qué?, pos yo pienso igual... también estoy que me lleva la chingada de la tremenda confusión que me cargo. Pero, ?sabes qué?, el rollo que me echaste cuando volvimos de poner el desgraciado foco me puso en el camino de pensar, de meterle ganas a... bueno, a la defensa de las ideas que desde siempre hemos defendido tú y yo. Te confieso... ?la vergúenza aún ronda por mi ser entero! ?Estoy hasta la madre de avergonzada! Y sí, es lo mejor dejar las cosas para retomarlas... ?te parece bien el próximo domingo?
- O antes si es que se puede, ?estamos de acuerdo entonces?
- ?Claro!, no se diga más... ?aquí no ha pasado nada!, bueno, tal vez el domingo que entra... ?sí pase!, no sé qué, pero creo que algo tiene que pasar. Tal vez dejarnos de ser... tan liberales. ?No crees?
- Pues... mire suegra, no adelantemos vísperas. Meditemos cada una por su lado, luego entre las dos; a ver que sacamos en claro, ?no cree?
- La verdad, no hay que discutir más en este momento. Además, ?la pinche comida todavía no está lista!
Así terminó la discusión, no nuestra inquietud. La mía en particular era tremenda por las muchas reflexiones que hice en esos terribles minutos de confrontación con la realidad, con lo que aconteció y con las ideas dominantes, un tanto matizadas por la rebeldía ideológica que estaba puesta a prueba de manera no esperada, y de una radicalidad que me tenía estupefacta.
Los machos notaron nuestra parca intervención verbal en las futilezas que se comentaban, y reclamaron a lo pendejo. Nosotras no hicimos el menor de los casos, era habitual cuando los "amos" se ponían necios.
Perpleja, anonadada, en el pasmo total, pasé la noche en una larga discusión conmigo misma. No dormí, tampoco logré poner punto final a la contradicción que tanto y tanto me estaba angustiando. Por un lado, las sensaciones agradables, muy excitantes, de los sucesos del día, así como el recuerdo de la primera manifestación emocional frente a la hermosa suegra que mi marido puso en mi vida. Por el otro, el rechazo insistente a continuar las mismas acciones provocadoras del domingo, tanto de ella, como a partir de mi incomprensible actitud en cualquier sentido. La posible conciliación entre las dos posiciones se me antojó imposible cuando me estaba bañando. Al pasar mi mano por mis senos no pude reprimir el recuerdo de los maravillosos senos de mi suegra y mis manos se extasiaron acariciando mis propias chichis, mis pezones, y luego, sin poder contenerme, sentí los ricos dedos en mi pucha, dedos que iban y venían haciéndome jadear primero, luego gemir, y después gritar el tremendo orgasmo que me sacudía con la imagen de las nalgas, muslos, senos, y las piernas de mi suegra danzando en mis retinas y en la fantasía, fantasía que consistía en verme lamiendo el contorno de las tremendas ? por bellas ? nalgas de mi madre postiza, luego mi lengua viajaba por la redondez de los muslos y remataba chupando cada uno de los dedos de los hermosos pies de la misma atractiva y preciosa suegra de mis excitantes angustias. No sé cuantos orgasmos, y cuántos litros de agua pasaron por mi cuerpo antes de allegarme un poco de sosiego, un poquito de calma para poder vestirme e irme a trabajar. Al seleccionar el vestido, tuve tremendo sobresalto; escogí el minivestido más pequeño de mi corto guardarropa, el más delgado, tan delgado que siempre lo consideré como inadecuado para el trabajo porque dejaba ver mucho más de lo que ocultaba. ?El colmo, no me puse ropa interior! Sin embargo, cuando me vi en el espejo sonreí dichosa pensando en los brincos que iban a dar los compañeros de trabajo... estaba en ese pensamiento cuando tuve la clara visión de que quienes más se iban a extasiar viendo mis bellas formas serían muchas de mis compañeras, no los machos estúpidos. Este pensamiento fue el que me decidió para no cambiar de atuendo. Y esa idea, me puso frenética. Me situaba de nueva cuenta en el frágil equilibrio entre la hetero y la homosexualidad. Fue tal mi angustia que me dejé caer sentada sobre la cama. Me vi en el espejo de cuerpo entero, y mi facies me alarmó. Era un rostro de sufrimiento atroz. Sin los afeites puestos, más marcada era la expresión. Más me conmocioné, cuando vi mis pelos claramente reflejados en el espejo. Pelé los ojos... ?y abrí las piernas! para que la visión fuera contundente. ?Carajo!, en lugar de continuar la expresión de sufrimiento, angustia y rechazo a mi actitud, vi mi sonrisa: era una sonrisa espléndida, así es cuando estoy contenta, agradada, o alguien me llena de lindos halagos. Entonces, abrí y cerré con parsimonia mis bellos muslos extasiada en la contemplación de mi propia hermosura. No quise seguir en la misma indecisión; me levanté y fui a sentarme al tocador para terminar mi arreglo matutino. Al salir de casa estaba radiante, alegre, contenta, deslumbrante, hermosa y? excitada.
Durante el trayecto al trabajo, mis dudas e incertidumbres quedaron liquidadas. Me olvidé de los reclamos moralistas, y me decidí a disfrutar lo que aconteciera y, también, a mandar al diablo las posibles críticas que se dieran. A la vez hacer una encuesta midiendo las respuestas que el medio diera a mi estrafalario y provocador atuendo.
Mi idea de la conmoción entre compañeros y compañeras de trabajo se dio tal como lo pensé y sentí al reflexionar en ese fenómeno. Los machos me vieron pasar pelando los ojos, la boca abierta, oligofrénicos irredentos. Nada más terminé de desfilar frente a ellos se olvidaron de mí. En cambio las hembras me siguieron con la vista casi todas, las otras se fueron tras de mí para no perderse el fabuloso espectáculo que mi culo estaba dando. Es cierto, la faldita era pequeña, mis movimientos intencionalmente intensos, y mis ricas nalgas por atrás, y mis pelos por delante, se veían a cada paso cadencioso que daba así fuera parcial e instantáneamente. Mis hermosas chichis estaban a la vista, como si no vistiera tela alguna. Y yo, caliente a más no poder. La humedad se sentía viscosa hasta en los muslos; mi respiración estaba bien agitada, jadeante. Llegué a mi oficina; me senté en una de las sillas, no tras el escritorio deseando que continuara la exhibición de mis encantos, es decir que continuara habiendo mirones de ambos sexos a través de los cristales. Mi secretaria, una chica muy linda, se apresuró a entrar. Cerró la puerta en cuanto entró, y dijo:
-?Caramba, patrona, estás... esplendorosa!. ?Muy bella!, la verdad. Pero... oye, ?no te sientes mal con... tantas miradas en tus... encantos?, como que se te fue la mano, ?no crees?
- Para nada... ?y tú?
- ?Yo qué?
- Digo, ?cómo te sientes al ver en directo mis muslos, mis piernas y mis pelos?
- ?Órale!... Caray, querida... ?cómo habría de sentirme?, te diré... me siento un poco sorprendida, asombrada, después deslumbrada, y luego envidiosa de tus encantos, de tu fenomenal belleza, belleza que hoy es... ?impresionante! Enseguida, creo que no te enojarás, un tanto inquieta, ?caliente es mejor decir!, sin ánimo de ofender... y quisiera que lo entendieras sólo como consecuencia de tu avasalladora belleza vista... ?al desnudo! Caramba, ya hablé de más, ?no crees?
- Me halagas un chingo, querida... dijiste cosas muy, muy hermosas. Me gustó mucho lo dicho... en especial ?que te sientes caliente! Pero, déjame hacerte una pregunta, pregunta que me encantaría contestaras con sinceridad, tal como lo pienses en el momento mismo de que termine la pregunta, ?sale? ? ella sintió un tanto expectante, inquieta en verdad, con rubores subiendo y bajando por su lindo rostro ? Dime, ?no te apena decir que te ?calentó! ver una mujer casi desnuda, y más si en realidad te estás sintiendo así?
Suspiró profundamente, sonrió de una preciosa manera, y dijo:
- ?Pues no, no me apena!, ?por qué habría de apenarme decirle a una mujer que es bella y que además su belleza desnuda me ha calentado? Estoy diciendo la verdad, esa verdad, te confieso, me inquieta un tanto, pero por otras razones, y no por la vergúenza de decirlo.
- ?Sorprendente! Pero, ?te puedo hacer otra pregunta? ? asintió sin dejar de sonreír, estaba contenta, tal vez arrobada por mi belleza y por el inesperado diálogo que se desarrollaba ? Como en la otra, quiero que me digas la verdad y nada más la verdad... te aseguro que la respuesta quedará entre nosotras, ?sale? Bien, ?eres lesbiana?
Se carcajeó, me miró alegre, puso la preciosa mano en la boca, luego, sonriendo tan espléndidamente como antes, dijo:
- No, patrona, no soy lesbiana. Pero tampoco desecho la posibilidad de que, algún día, una mujer pudiera atraerme lo suficiente para tener una hermosa relación con ella. Por eso es... ? por primera vez titubeó ? bueno, por es me atreví a decirte lo ya dicho y redicho. Te aseguro que no siento nada vergonzoso decirte que eres muy bella, muy hermosa, la verdad, y más viéndote encuerada, bueno casi encuerada que poco falta para que estés total y descaradamente desnuda. Además, y si eso es lo que te inquieta, tampoco me da pena decir que verte desnuda, ?me calienta!, y más ahora?, bueno, estamos acaloradas ? es un decir eso del calor ? comentando esto. Y... ? otro significativo titubeo ? tampoco tengo por qué ocultarlo, me eres muy, muy, demasiado... ?atractiva!, pero no pienses que este pensamiento es una... proposición, para nada, aunque... debes tener presente... ?nunca se lo había expresado a nadie! Te dejo, ya te entretuve. ?Se te ofrece algo?
La vi confusa, casi angustiada. Mientras Ana hablaba, me bebía sus palabras. La intención central para llegar a la oficina con mi escandaloso atuendo era hacer la encuesta donde se expresaran diversas opiniones "morales" en torno a mi desnudez embozada. Y Ana superó con creces las expectativas. No sólo opinó favorablemente en cuanto a la forma de vestir, también se expresó, ?vaya si lo hizo!, en torno a las tendencias homosexuales, y al atractivo que cualquier mujer puede tener hacia otra mujer en el sentido sexual de la atracción. Todavía más, con sinceridad confesó su excitación sexual franca que la visión de mis encantos le produjo... y, ?carajo!, hasta se insinuó, casi me invitó a tener un real acercamiento corporal. Esta última consideración hizo que mi semblante se contrajera, que mi corazón latiera con fuerza, que el sudor, además de mi humedad importante, bañaran mi cuerpo. Me sentía francamente excitada, no sólo eso, sino deseaba enormemente sentir las caricias de una mujer, la que fuera, si la preciosa chiquilla que me veía con clara sorna, sonriendo, esperando mi respuesta, estaba dispuesta, ?por qué no experimentar de una buena vez y dejarme de chingaderas, dice mi suegra? Entonces, entorné los ojos, abrí los muslos para que mi pucha quedara totalmente expuesta a las miradas febriles de Ana, y dije:
- ?Sabes qué?, me encantó tu posición frente a mi audacia. Debo advertirte, tampoco soy? lesbiana; como tú, no estaría en desacuerdo de tener una experiencia de es tipo. Eres hermosa, y también me eres demasiado atractiva en el sentido sexual del atractivo. Sí, así es, no te extrañe. Claro, mis palabras, como para mí las tuyas, son una sorpresa, tal vez en primer lugar para cada una de nosotras. Creo que, de no ser por mi vestidito del demonio, ni tu ni yo hubiéramos pensado en tener una experiencia... al margen de las normas, de lo normal dice una bola de pendejos y pendejas, ?no crees? Pero bueno, al grano. Creo que tu última frase... deja la puerta abierta para... un posible acercamiento, por decirlo de esa forma, entre tu... y yo. ?Estoy en lo cierto? ? devolvía la pelota, se estaba haciendo costumbre. Su sorna desapareció; su respiración se hizo frecuente, los ojos reflejaron la sorpresa enorme que mi propuesta le causó. Sin embargo, viendo mi puchita espléndidamente expuesta, tragando saliva, sin titubeos, dijo:
- ?Eso me saco por hocicona!..., ?por qué no? Te puedo asegurar, tú lo planteaste, que de no darse esta conversación nunca le hubiera dicho a nadie, desde luego a una mujer, lo que te he dicho, sin importar que me fuera, como dije en mis primeras hociconadas, muy atractiva. Y sí, sí me gustas para tener la experiencias que tú planteas... ?chingada madre!, ya lo dije. Perdona la palabrota. Bueno... ? como diciendo, "tú tienes la palabra"
A estas alturas mi pucha era un gran lago. Mis pezones me dolían de lo erecto que se habían mantenido, mis nalgas hormigueaban. Tragué saliva y dije:
- Entonces, ?te parece bien? si vemos... a donde ir al salir del trabajo?
- Pues... sí. Mira... hemos sido tan directas? no se vale sacarle. ?Por qué esperar hasta la salida para tener cuando menos un avance?, a lo mejor luego nos arrepentimos ? sin esperar respuesta se dio la vuelta, y con parsimonia asombrosa cerró las persianas que cubrían los cristales de la oficina. Luego, para mi asombro mayúsculo, tomó el vuelo del vestido y lo sacó por la cabeza quedando en precioso juego de encajes cubriendo sus chichis y su pucha, aunque tanto sus pezones, areolas y sus pelos quedaron a la vista de una encantadora manera, y tanto que ese semidesnudo fue sumamente excitante. No paró, siguió quitándose ropa hasta quedar completa y bellamente desnuda. ?Su cuerpo era un maravilloso ejemplo de la belleza femenina adolescente! Con la boca abierta, me extasié viéndola; mi excitación se fue hasta las nubes, sintiendo que una catarata manaba de mi puchita.
Sin voluntad para rechazar nada, hice caer mi minivestido; y ambas estuvimos desnudas, frente a frente, serias, demudadas, expectantes, calientes cual fragua de febril herrero. Las manos de ella acariciaban lujuriosamente sus preciosas chichis, las mías querían sentir esas bellas montañas. Por eso, además de ser la de la iniciativa en compensación de la tomada por ella, avancé a su encuentro sin titubeos, jadeando y gimiendo por la excitación galopante que me saturaba. Tal como era mi deseo, toqué sus chichis, suspiré, luego sonreí al tener la extraordinaria sensación que las chichis me producían en el cuerpo y repercutían en el centro de mi rica pucha, haciendo a mi vagina contraerse con fuerza. Ella suspiró y, viéndome a los ojos arrobada, estiró sus manos para a su vez tomar mis chichis con sus manos suaves. Apreté su pezón, ella el mío. Yo estilaba, ella también. Me mordí los labios; una exhortación a besar los ajenos que, hermosos, tenía a centímetros de los míos. La besé con inseguridad, aprensión, como si pudiera rechazarme. Ella abrió la boca para recibir mi beso, y se adelantó a meter su lengua en mi cueva llena de saliva. Enseguida las cuatro manos se fueron a las dos espaldas para atraer al otro cuerpo para consolidar beso y abrazo. Las manos bajaron casi en simultáneo hasta las nalgas de la otra sin dejar de sobar una lengua con la otra y haciendo que las cuatro chichis se frotaran una y otra vez. A los suspiros, siguieron jadeos, y los gemidos estruendosos de las dos al aumentar el frotamiento de los cuerpos. Yo quería sentir los pelitos, apenas los pude apreciar, deslumbrantes por supuesto, y una de mis manos inició el viaje al valle de vellos bellos. Ella, suspirando con ruido intenso, hizo lo mismo con una de sus manos. Los dedos de las dos manos, luego de que acariciaron suavemente los pelos de ambas puchas, intentaron meterse a las rajas; al lograrlo, nos estremecimos furiosamente excitadas. Ella tenía dos dedos en mi raja, yo tres, y los cinco iban de la orquilla, la puerta de la vagina pues, hasta el glorioso clítoris que ambas sabíamos que deseaba intensamente ser acariciado. Pero aún antes de los que resultaron ágiles dedos llegaran al punto central del placer, tuvimos el primer orgasmo rico, maravilloso, convulsionante, como nunca lo había sentido yo, tal vez ella tampoco. Estremeciéndonos continuamos acariciando con los dedos las ninfas y las grandes jetas, sin llegar, mañosas, al divino clítoris. Ella no resistió más; toco con divina dulzura con suavidad encantadora mi cabecita que tanto amo y tanto acaricio ante la falta de... el orgasmo que tuve fue sensacional: hizo que mi cuerpo entero se doblara, y mi mano y mis dedos siguieron el ejemplo de los amigos que estaban en mi pucha, y llegaron al clítoris de mi joven y linda amada, lo tocaron suavemente, lo acariciaron con suavidad por uno y otro lado del capullo, para ir a la caricia leve, muy leve de la cabecita amiga de mis dedos. Gritó y gritó, sin importarle que alguien nos pudiera escuchar y sorprender en ese maravilloso coloquio amoroso. No pudimos sostenernos, y caímos al piso. Aún allí nuestras bocas continuaron fusionadas, las suaves lenguas no paraban en la loca danza del amor y la excitación reforzadora del enorme orgasmo mutuo. Cuando nuestros jadeos y gemidos empezaban a disminuir, deseé urgentemente besar y lamer las chichis prodigiosas de la chiquilla hermosa que estaba debajo de mi cuerpo. Suspendí el beso, ella se sorprendió, pero al sentir mi lengua que viajaba lamiendo hacia abajo, suspiró e hizo lo mismo hasta donde podía alcanzar... y ambas pudimos lamer chichis de la otra, lamer los pezones, las areolas, morder unas y otros, mamar cual lactantes por tiempo interminable en medio de grandes y prolongados orgasmos. Ya completamente metida en el placer, mi lengua dejó el bastión de las montañas y las cerezas, para aventurarse por el valle del vientre. Lamió con pasión la piel, se metió al gracioso cráter del ombligo, ella suspiraba, jadeaba y otro orgasmo la sacudió; pero mi lengua no paró allí, continuó la exploración sin temer que la saliva se terminara, y fue a lamer los pelos fabulosos, enormemente excitantes, de un exquisito sabor, y más olorosos que la superficie corporal. Poco a poco la lengua apasionada fue abriendo la rajita, lamiendo los celestiales jugos, sintiendo los estremecimientos, los arqueos del cuerpo de la vencida, para luego recorrer con fruición los grandes labios, luego las ninfas encantadoras y sensibles, para seguir separando los divinos pliegues de la hermosa vulva, y luego tratar de meterse a la vagina, lamer todo el contorno de ese prodigioso vestíbulo de la entrada a la sagrada caverna del placer e intentó entrar, pero la sorpresiva barrera virginal lo impidió provocándome tremendo orgasmo esa comprobación de la virginidad de mi amada amante. Aspirando sus fuertes y sabrosos olores, lamiendo si descanso y dulzura, con la ternura de que soy capas, llegué al duro clítoris donde las estrellas del placer están latentes en espera de una lamida, una mamada, una caricia, para nacer al mundo y manifestarse con un orgasmo que sature de placer a la mujer poseedora de tan fabuloso tubérculo. Ella gritaba y gritaba, yo no entendía, pensaba que eran los lujuriosos gritos orgásmicos. Por fin entendí: ?demandaba mamar mi pucha!, yo deseaba apasionadamente continuar mamando la fabulosa concha. Entendí que no podía ser egoísta. Mi instinto funcionó. Sin sacar la lengua de la raja prodigiosa, me fui dando la vuelta, abrí los muslos para brincar sobre el cuerpo yaciente, bajé las nalgas para hacer llegar mi hermosa pucha a la boca anhelante que la esperaba salivando intensamente. ?Carajo!, que delicia sentir esa lengua en mi raja. Solo sentirla me hizo estallar en un colosal orgasmo que no paró hasta que la fuerza de las dos se agotó. En tanto tuvimos energía, ambas mamamos como si la pucha se fuera a acabar de un momento a otro, ella, no sé, pero con sabiduría sorprendente me lamió como si ya tuviera siglos de mamar conchas, de comerse puchas enteras, de dar ternura con su lengua a miles y miles de bellos clítoris enhiestos. Acezando, jadeando, permanecimos una sobre la otra. Luego, ella volvió a ser la de la iniciativa. Vino hasta mi boca para besarla, no sin antes lamer los jugos de su pucha que llenaban mi mentón, mis mejillas, hasta en los párpados tenía jugos de su precioso conejito. Claro, yo hice lo mismo, y al hacerlo, no obstante la lógica languidez del placer, tuve otro maravilloso orgasmo, aunque de una potencia apenas sentida. Por fin, abrí lo ojos que mantuve cerrados durante el tiempo del activo amor, bueno, siempre los abrí para mirar y complacerme, para excitarme viendo sus encantos y así poder lamer mejor, abrí los ojos y la vi sonriente, feliz. Con una estimulante alegría, dijo:
- Carajo, corazón... ?qué divina experiencia me has hecho tener! No sabes el enorme gozo que tuve, poco más me disuelvo en orgasmos... carajo, parecía que nunca se iban a acabar... ?qué maravilla me has hecho conocer, y disfrutar! Además, nunca me cansaré de admirar tu enorme belleza, la verdad, eres una beldad incomparable, una diosa, la verdad. Sé que es una ingenuidad cursi, pero, ?te gustó?
- Mi amor, mi amor, mi linda chiquilla, me dejaste para el arrastre de tanto placer con... tus incomparables caricias, con tus lamidas tiernas, con las mamadas de chichis que me diste, ?caramba!, con todo lo que empleaste para hacer de mi un continuo de placer. Pero más que nada despejaste de tonterías mi pendeja mente. Me has hecho gozar de hacerte gozar, supe por tu linda y cínica causa que mamar es desear ser mamada por tu lengua espléndida, tan sabia que casi me mata de la gloria inacabable del orgasmo casi único, lo tuve durante... ?carajo!, qué hermoso fue amarte, lamerte, chuparte, olerte, acariciarte, mamarte incansablemente. Ven, ven amorcito, chiquilla preciosa, deja que te bese...
Nos besamos con inmensa ternura. El beso tierno me hizo llorar de felicidad. Cuando vio mis lágrimas, lloró al beberlas, luego de chuparlas con sus labios. A mi vez, lamí sus lágrimas: me supieron a gloria, me hicieron sentir lo que es el amor que nace tan inesperadamente. Ella me besó con suavidad, lamió levemente mis labios, secó con sus dedos sus mejillas llenas de mi saliva, y dijo:
- Tenemos que bajar de la gloria que mencionas... es tiempo de salir a la luz horrenda. Creo... pero, qué importa, a sido fantástico amarte, hacerte gozar, sentir tus caricias con manos, boca y lengua...
- Tienes razón ? la interrumpí. Intentando ponerme de pie. No pude en el primer intento por la debilidad de mis piernas aun temblorosas de placer ? carajo, quién sabe cuánto tiempo hemos estado en la euforia de la linda cogida.
En realidad el tiempo no fue demasiado. Los mirones acostumbrados a vernos encerradas cuando se hace necesario ? es necesario con cierta frecuencia ? trabajar fuera del mundanal ruido. Mi temor era que notaran el rostro rojo, sudoroso, las ojeras pronunciadas de mi amorosa chiquilla; yo iba a permanecer dentro de mi oficina regodeándome en el placer, el recuerdo del fabuloso encuentro con la bella realidad del amor lésbico, el hermoso encuentro derrotaba definitivamente mis absurdas prevenciones morales relacionadas con el sexo y su tan dulce práctica. En ese momento mi excitación regresó potente porque el pensamiento era, y estaba, dirigido a la contradicción surgida ante la posibilidad de amar a mi querida ? ahora obsesivamente deseada ? suegra. Reí loca al precisar la idea: ?Era imperativo cogerme a mi hermosa suegra!, así, imperativo, tanto que pensé en salir presurosa para ir a desnudarla, besarla y mamarla como mamé a mi ya muy amada chiquilla llamada Ana.
Durante la jornada de trabajo no perdimos cualquier oportunidad para hacernos alguna caricia, para darnos un presuroso y tierno beso. Antes de salir prometimos, a la brevedad, pasar un largo tiempo amándonos. Ella estaba feliz; yo rebosaba, materialmente envuelta en eso que ha dado llamarse felicidad.
Felicidad por haber roto con tantas y tantas reservas estúpidas para amar y ser amada, haber mandado al diablo mis prejuicios homofóbicos, en fin, feliz por haber tenido el amor de una linda chiquilla, hermosa en realidad, con un cuerpo fabuloso, unas no menos fabulosas tetas, nalgas preciosas, duras, lisas, pucha espectacular; felicidad por las sensaciones que aún recorrían mi cuerpo, sobre todo los olores a sexo femenino que impregnaban mi piel y mi nariz, olores que por nada del mundo quería que desaparecieran, incluso me hice el propósito de no bañarme sino hasta la mañana siguiente. Más felicidad tenía porque las vacilaciones respecto a mi suculenta bella suegra quedaron en definitiva eliminadas. Para ser congruente con lo anterior, al llegar a casa decidí visitarla sin tardanza, tal vez al día siguiente.
Muy temprano desperté llena de olores fantásticos; me erotizaban sin tregua. La evocación del bellísimo encuentro con la beldad llamada Ana, me hizo sonreír feliz, alegre, decidida a gozar siempre que fuera posible, además de hacer propicios cualquier momento, de la misma forma que la malvada Ana hizo viable el momento delicioso de la mañana anterior, momento no exento de riesgos y lleno de incertidumbres por la posible respuesta de rechazo de una o de otra, en fin, un momento precario que se transformó en formidable momento de amor. Eso haría en delante. Y, para ser congruente, decidí ir directo a casa de mi adorada y deseada, mi hermosa y cachonda ? suponía que era cachonda, no sé por qué ? suegra. Pero el trabajo era un obstáculo. "Este escollo es menor al freno de los prejuicios y fui capaz de superarlo", dije y actué en consecuencia. Hablé con mi bella Ana; dije que avisara a los jefes que llegaría hasta por la tarde. La diablilla sugirió que me iba a coger con alguna hermosa chava, pero no se ponía celosa, "al fin que tu pucha, tu concha jugosa, es jabón que no se acaba; puedo estar segura que seguiré comiendo de ella, y continuaré bebiendo de tus jugos para saciar mi sed de placer", dijo entre risas que a mi me supieron a gloria. De todas formas negué que esa fuera la razón, sin dejar de sorprenderme la fina intuición de la maravillosa y rica chiquilla despojadora de mi tontería homofóbica. Le envíe un montón de besos en sus chichis, en sus nalgas y naturalmente en su vagina, en su pucha tan deliciosa. Casi me masturbo por estar de morbosa y calentándola-me, por teléfono.
Igual al día anterior, al bañarme minuciosamente me di rica y buena masturbada, masturbada anunciada por mi bella Ana, y vestí los más pequeño y transparente que tenía en mi ropero, no me puse las que ya estaba considerando obstructoras prendas interiores, me puse zapatos de tacón muy alto, y salí radiante a la conquista de la colosal suegra de mis amores. Ni siquiera le llamé para anunciarle mi visita.
A pesar de mis reflexiones, de la experiencia de la mañana sublime con la increíble jovencita Ana y de la firme decisión hecha, al tomar el auto temblaba incontrolable mi corazón galopaba incontenible, mi mente era un caos de contradicciones supuestamente superadas metiendo mi boca y mi lengua, en las profundidades de la exquisita pucha de la Anita desfacedora de entuertos prejuiciosos. No obstante dirigí el auto a la casa de mi suegra; sabía que estaría sola, su viejo macho seguramente estaría trabajando. Al levantar la mano para oprimir el timbre de la puerta mis piernas casi se niegan a continuar sosteniéndome. El tiempo que tardó mi suegra en abrir me pareció interminable, hasta estuve a punto de dejar todo y volver a carro para salir huyendo. Abrió, me miró sin poder ocultar la sorpresa, titubeó un poco; al fin dijo: "Hola, Linda, Qué andas haciendo, ?qué no es día de trabajo?", entre seria y risueña.
- Pues nada, querida suegra, decidí venir a visitarla; tal vez para resolver de una vez por todas el... asuntito que dejamos pendiente. ? Malvada, tan malvada como Ana cuando me dijo lo que me dijo, antes de prendernos a besos.
Si al abrir la puerta estaba sorprendida, después de mi declaración quedó estupefacta, anonadada, al borde de la graciosa huida. Los ojos se transformaron en platos enormes, los rubores la incendiaban. No atinaba a decir nada, ni siquiera a moverse para que yo pudiera entrar, porque, era claro, no me despediría allí mismo en la puerta. Entonces, dije:
- Vamos, suegra, ni que hubiera visto al demonio. Bueno, algo tengo de eso; pero, recuerde, soy su querida nuera. ?No va a invitarme a entrar? ? Pícara, risueña, viéndola con mirada seductora, continente muy tenso, la verdad.
- ?Carajo, hija!, es?, en verdad me sorprendiste. Todo pensé menos que tú fueras la que tocaba. Pero, entra, entra, no sabes la pena...
Se separó para que pudiera ingresar al recinto donde, pasara lo que pasara, estaba dispuesta a seducir a mi adorable y dulce suegrita. Entré contoneándome moviendo mis lindas y exquisitas nalgas de una manera arrobadora, verdaderamente voluptuosa. Ella estaba en bata de casa, con pelo recogido en una hermosa cola de caballo, sin afeites ? aunque nunca los usaba, esa mañana fue notable la carencia del maquillaje, quizás por la extrema palidez de su rostro ? muy ama de casa pues. Vi que veía mis nalgas, también que no sabía qué hacer o cómo proceder; seguía prendida de la puerta sin hacer movimiento alguno. Yo volteé a verla, le sonreí, acaricié su rostro con uno de mis dedos, y dije:
- ?No va a cerrar?
La tomé de los hombros, la jalé hacia adentro, cerré la puerta y, sin más, la besé con suma ternura en la tensa boca semiabierta. Ella no retrocedió, tampoco hizo nada, apenas respiraba. La vi profundamente a los ojos, sus ojos me decían la enorme sorpresa que la dueña tenía, incluso no se opuso al beso, me dejó hacer. Repetí el beso, ahora la ternura se acompañó de pasión extrema que me consumía. Lamí sus labios, metí mi lengua, la abracé, y ella continuaba pasmada. "Eres hermosa, linda. No sabes las ganas que tenía de verte, de venir a besarte", susurros pegada mi boca a su oreja. Sentí estremecimientos del cuerpo, los titubeos de su lengua, trataba, y no, de eludir el contacto de la mía que había vuelto a penetrar su boca. "No pasa nada, amor, nada que no quieras que pase... quieres que te bese, supongo y estoy segura que quieres besarme; vamos, querida, es lo que las dos estamos deseando desde no sé cuando. ?No vas a besarme?", volví a susurrar en su oído. Entonces ella, con brusquedad, se separó, me vio con rostro duro, labios apretados, extremidades superiores inertes colgando a los costados. Sentí que algo deseaba decir, pero su boca mantenía un rictus adusto, de enojo; en sus ojos no había rechazo, tampoco coraje, sólo sorpresa, tal vez una inmensa interrogante. A pesar de estar clara que la situación podía degenerar al pleno rechazo, volví a besarla empujando sus labios con mi lengua para abrirlos para poder buscar su lengua y saborear la deliciosa saliva de la boca tensa. Al tiempo que puse mi boca en la suya mi lengua la penetraba, percibí que la cabeza hasta entonces rígida, se aflojó, aunque no tanto para decir que buscaba una mejor posición al beso. Besándola, suspiré y llevé mis manos a su espalda para abrazarla y atraer su cuerpo contra el mío. Entonces la lengua que estaba inerte, o se movía tratando de adivinar por donde iba la mía para eludirla, aceptó el contacto y empezó a mover, como no queriendo, la punta de su lengua para mejor contactar con la mía. ?Fue el inicio!, de ahí en delante, no resistió; por el contrario, se torno de un activo que hasta me asombró. Por principio de cuentas me abrazó y apretó el beso; su lengua se hizo móvil al extremo que se metía por los rincones de mi boca. Ya jadeaba, para mi sorpresa, pues yo apenas si estaba entrando en calor, bueno, esto es un decir. Ese beso inaugural duró eternidades, con cortas separaciones para dar más énfasis al beso, para vernos lánguidas, para mi placer y beneplácito. Ella, de nuevo, fue la que lo suspendió separándose bruscamente para verme con mirada que quiso ser dura, en realidad era la expresión del estado de máxima fiebre erótica de mi adorada suegra. "?Eres una cabrona!", me espetó sin más. La vi con sorpresa. Era tan desconcertante la mirada, ese rictus duro del rostro de mi suegra, hasta esperé una bofetada. "?Eres una linda hija de puta!" seguía en los insultos. Ahora sus palabras me calentaban, en lugar de alarmarme. "Una hermosa maricona que trata de hacer de mí... ?feliz maricona!" una mano se fue hasta tomar mi pelo, lo envolvió con sus dedos, y tiró. El tirón fue para poder besarme, y lo hizo casi con furor. Mordió mis labios, luego los lamió con ternura. Siguió jalando mi pelo como para que no escapara, y volvió a morder mis labios con cierta fuerza, me dolió, suspiré deseosa de más mordidas; luego la ternura de sus lamidas, al tiempo que el jalón de pelo se hizo más intenso, pero ya no para continuar pegando mi boca a la suya, sino para llevar mi cabeza hasta que mi boca estuvo a la altura de sus senos monumentales por su belleza. Entendí, y abrí la boca para que ella fuera la que apretara y mi boca abarcara su tan adorable pecho. Lamenté el estorbo de la bata. Entonces, sin pensar en nada, menos con un sentido de venganza, quité mis manos de la espalda, las metí a ambos lados de su cuello, tomé los bordes y jalé. Los botones que la sostenían salieron volando hasta que el frente del cuerpo maravilloso de mi suegra quedó desnudo ante mis ojos. No vestía sino la bata. Enseguida, enardecida por el sádico inicio de mi suegra, tomé uno de sus bellos senos y jalé con fuerza suficiente para hacerla sentir el jalón, más que dolor. Jalando el pezón, la hice reunir su cuerpo al mío, luego me incliné para meter su chichi a mi boca, lamí con fuerza la piel de las areolas alucinantes, los pezones sublimes, luego mordí sin moderación, a la primera mordida gritó de dolor y se aferró a mi espalda, dijo: "?Muerde, hija de la chingada, muerde!" claro, repetí las mordidas hasta que mi adorable suegra estalló en gritos de dolor y placer, expresando así el primero de sus orgasmos. Y volvió a tomar mi pelo, jaló con fuerza hasta hacerme desprender de su preciosa chichita; sin miramientos me abofeteó. Yo, enloquecida de lujuria, devolví con la misma fuerza la bofetada. Vi cómo el rostro era sacudido por mi mano, y cómo los gritos de mi bella y brutal suegra se repetían en otro orgasmo colosal, tanto que desfalleció gritando y vino a acurrucarse, mansa, en mi hombro. Entonces sentí una enorme ternura, ternura que quise transmitirle. Para eso, acaricie con lentitud y suavidad su pelo, luego metí las manos por debajo de la bata, y suavemente acaricié su espalda, mientras la escuchaba jadear, sollozar, regar lágrimas en mi hombro. La lentitud del caminar de mi mano, y el casi cese de sus jadeos, me indicaron que era tiempo de pasar a otra etapa del amoroso encuentro, estaba resultando totalmente inesperado, brusco; detrás de la brusquedad la inconmensurable ternura de las dos. Haciendo los movimientos más suaves y cariñosos que pude, fui retirando la bata de sus hombros para dejarla caer a nuestros pies. Luego, tratando de recompensar a las chichis bien maltratadas, las besé tiernamente, las lamí con dulzura, las llené de saliva queriendo curar las placenteras heridas que mis dientes hubieran provocado. Ella jadeó de nuevo con intensidad creciente, suspiró en varias ocasiones, sentí una de sus manos por detrás de mi cabeza y, con sorpresa, porque esperaba un nuevo tirón, la mano se dedicó a alisar mansamente mi pelo en toda su extensión, apretando de cuando en cuando, con suavidad, para que estuviera pegada a las preciosas chichis, y yo mamaba entusiasmada, sintiendo que mi vagina era un pozo de agua desbordado. Estaba febril, enardecida al extremo, también deseado que la violencia inicial fuera sustituida por un remanso de ternura y caricias que me hicieran recibir el gozo anhelado. Lamía, lamía, sintiendo espasmódicas contracciones del bello cuerpo de mi adorada suegra. Un nuevo gritó, cuando mis manos se metieron entre las nalgas y uno de mis ágiles dedos, sin proponérmelo, intentaba entrar en el reducido espacio del culo. Ella movió las nalgas rechazando el acoso digital; luego, tiró con enorme suavidad de mi pelo para hacer que mi rostro quedara frente a frente con el de ella. La mirada casi feroz del inicio se había exorcizado con los intensos orgasmos fantásticos que la hermosa feroz había tenido, y ahora era mirada de dulzura increíble, lánguida, amorosa, realmente tierna y avasalladora. "Ven querida, quiero acunarte, quiero que mames como bebita", dijo, con ternura creciente. Me llevó de la mano, ella por delante, eso me permitió ver sus nalgas esplendorosas, y más con los movimientos voluptuosos que hacían al caminar. Al llegar a la sala, se detuvo, volvió a verme, me besó con beso por primera vez voluntario, tierno, amoroso, muy leve y pasional. Lamió mis labios, su lengua extendió la caricia hasta las mejillas, el mentón, los párpados, las cejas que llenó de rica saliva, para retornar a los labios, y luego meterse con suavidad entre mis labios hasta penetrar a la caverna llena de saliva, y una lengua que salió al encuentro de la lengua dulcemente invasora. Al tiempo que me besaba, intentaba desnudarme pero no podía hacerlo sin suspender el beso, y lo hizo; bajó sus manos hasta tomar el vuelo de la falda y, con lentitud excitante, fue elevándolo hasta hacerlo salir por mi cabeza y los brazos estirados; cuando el vestido estuvo en el piso, bajé mis brazos, y me dijo: "No, mi amor, no, déjalos así... quiero admirar tu belleza extraordinaria, mira nada más, esas chichis no tienen parangón, esas tus caderas las debo morder, esos pelos.... ?carajo, qué pelos tan hermosos!, y esos muslos, mi niña, tus muslos que tanto ansiaba tener así, por completo desnudos y admirados por mis ojos que no caben de gusto por verte así, encuerada para mi deleite. Ven, mi niña, ven, deja que te abrace y te acuné..." tomó mis manos, para bajarlas, para luego ponerlas en torno a su cuello. Enseguida se sentó en el diván. Al hacerlo mi cuerpo quedó casi pendiente, pero ella afianzó mis nalgas y ayudó para que éstas ascendieran hasta que mi cuerpo sudoroso, y mi rostro quedaron acunados por los hechiceros brazos de mi suegra; luego, con una de sus manos puso uno de sus espléndidos senos delante de mi boca, al mismo tiempo decía: "Mame su chichita mi adorada chiquilla, mame a mamá que tiene mucha leche para su boca... mama, mama, hija de mis entrañas, mama tus ricas chichis... dame el placer de tus mamadas, hijita adorada..." me acunaba, así había dicho, moviendo mi cuerpo y el de ella; para mover mi cuerpo, una de sus manos se colocó en mis nalgas y las apretaba contra su cuerpo. Mamé con fruición, con locura erótica, con alucinantes estremecimientos de placer. La mano que andaba por mis nalgas poco a poco se fue metiendo entre ella, para descender hasta la raíz de los muslos, y de allí presionar para que éstos se separaran y poder llegar hasta mi raja inundada. Cuando sentí que su manos se mojaba en mis jugos y que separaba mis grandes jetas, tuve mi primer y primoroso orgasmo; también gritó de placer haciendo que su mano, casi con brusquedad, llegara hasta donde pudo, pero siempre tocando con un dedo la extensión de mi raja tan gozosa, increíblemente gozosa. Sin soltar la chichi que mamaba, jadeé mi orgasmo, suspiré, sollocé al prolongarse el máximo placer que yo tanto deseaba tener. Los olores que desde el primer abrazo atosigaban mi nariz para mi placer, subieron exuberantes, creo que ella los percibió porque dijo: "?ay, hijita de mi alma, hueles riquísimo, ?dónde tiene esos ricos olores pequeña?, a ver, dígame dónde están... quiero sentirlos fuertes, quiero sorberlos hasta que hagan fuego de mi cuerpo, de mi nariz... ?me dejas sentirlos, niña preciosa?", dijo anhelante, separándome con suavidad de sus encantadores senos. La vi, su mirada lánguida se había acentuado, era todo un portento de rostro excitado, sudoroso, febril, con labios resecos, voz entrecortada, ?estaba encantadoramente caliente, excitada, caldera hirviente!, yo... ?lo mismo!, pero no sabía qué hacer o cómo proceder; hizo que me sentara para poder salir de detrás de mi cuerpo, luego reclinó mi cabeza en el cojín del mueble, para poder extasiarse en la contemplación de mi belleza ? modestia aparte ? y acariciar la superficie de mi piel con sus manos temblorosas que iba del cuello a los muslos, deteniéndose eternidades en mi tetas deseosas de caricias. Se inclinó hasta tocar con sus labios mi piel muy cerca de mis vellos, luego lamió suavemente, aspiró absorbiendo mis olores, eran intensísimos, después, con su lengua peinó mis pelos, y continuaba aspirando como impidiendo que los estimulantes olores se perdieran, tratando de obtener el máximo de placer de esos significativos olores producto de mi calentura, de mi extrema excitación sexual. Mi deseo era que esa suave lengua, ese parsimonioso apéndice se metiera entre los pelos, que llegara hasta la rica raja que cubrían y sintiera la delicia de mis pliegues, la dulzura de mis jugos y acariciara mi clítoris hasta llevarme al estallido de estrellas que en esa cabecita se ocultan. Jaló mis pelos mojados con sus dientes, mis nalgas empezaron a moverse con lentitud para animar a la lengua a que fuera más allá, que se atreviera a explorar los labios internos y se metiera hasta mi vagina y allí lamiera mis jugos; con terca lentitud desesperante, la lengua iba cumpliendo el itinerario y yo, mentalmente, le iba señalando y mi suegra seguía paso a paso hasta enterrar su lengua en mi pucha para hacer lo previsto: lamer y lamer la cueva, y depositar una gran cantidad de saliva al mismo tiempo hacía que mis nalgas se mecieran al compás de la lengua que iba y venía a lo largo y ancho de mi pepa adorada. La sentí lamer la puerta de mi vagina, y estallé convulsionando de tanto placer, y ella acentuó la caricia y más profundizó en la entrada de su lengua en mi vagina. Tuvo que contener mis movimientos con sus manos apretando mis tetas, para luego sacar la punta de su lengua, estaba profundamente enterrada en mi vagina, para ir a chupar con sus labios mis hermosas ninfas con eso el orgasmo en marcha se intensificó hasta hacerme desfallecer de placer... pero no paró, llevó con lentitud, que agradecía, la lengua hasta mi clítoris, este saltó lleno de placer y el placer se trasladó a mi garganta haciéndome pegar otro grito de muchos, muchos decibeles de intensidad, menos que los decibeles de mi orgasmo. Y más gocé, al recordar la extraordinaria posición que con la cachonda Ana hice, por eso, jadeando, con voz entrecortada, suspirando, sollozando, rogué a mi suegra: "Por favor, mamacita linda, madre adorada, dame tus jugos... quiero ahogarme con los ricos jugos que yo sé están llenando tu pucha, tu concha grandiosa, tu hermosa pepa, tu oloroso chocho, ven madrecita, ven, dámela, ponla en mi boca, deja a mi lengua acariciarte como me estás acariciando...", y ella, sin sacar su increíble lengua, hizo pasar su muslo por mi cara, y los olores me hicieron aumentar el placer del orgasmo, no cesaba y con lentitud exasperante, empezó a bajar sus nalgas monumentales hasta hacer que mi boca sintiera sus pelos tan lindos y tan deseados, tan olorosos y ricos luego lo comprobé al lamerlos con mi lengua. Mis manos tomaron sus nalgas e hicieron que la rica raja llegara plena a mi boca entreabierta, aspirando los penetrantes olores, para luego lamer pelos y piel vecina por mucho tiempo tratando de prolongar el deseo de tener los jugos en mi lengua de mi preciosa mamadora. Cuando por fin mi lengua separó las agradables jetas de esa pucha olorosa y bien viscosa, pegué otro grito, el mismo fue replicado por mi mamada suegra que se estremeció gozando como loca, tanto que dejó de mamar mi adorable pucha, y se sentó de plano sobre mi cara, principalmente sobre mi boca. Por eso mi lengua pudo ir a donde quiso, desde los pequeños, las ninfas fantásticas que tanto gozan con las lamidas y chupetes, hasta la entrada de la vagina desesperada por entrar como si fuera una verga y tocar hasta el fondo con esa punta serpentina en que estaba convertida mi fabulosa lengua, fabulosa porque gozaba al parejo de mi cuerpo y hacía estremecerse de placer a la que se sentaba sobre mi cara. Luego esas nalgas esplendorosas, que yo acariciaba con mis manos, se elevaron un poco para poder moverse, lo agradecí porque me estaba ahogando de olores, jugos y placer, pero también con dificultad para respirar; era esa la intención; las nalgas preciosas y olorosas de mi suegra empezaron a moverse sobre mi boca primero, pero luego, entendí, saqué mi lengua y fue a la raja, y entonces los movimientos de las nalgas hacían que la concha se frotara con mi lengua haciendo que ella gritara a cada ir y venir de sus nalgas fabulosas; mientras, mis manos acariciaban esas nalgas e intentaba meter uno de mis dedos a la barranca que las separa al principio con la intención de sentir esa piel mojada, después para sentir los fruncimientos del lindo culito ante los amagos de mi dedo por penetrar al precioso agujerito. Los gritos no cesaban, tampoco el loco movimiento de esas nalgas que tan sabroso olían y sabían, y yo empecé con un nuevo orgasmo, me desesperó por tan intenso y no poder hacer nada para acariciar mi pucha gozando el placer bien desaforada, por esa desesperación empecé a nalguear a mi suegra, las ricas nalgadas fueron subiendo de intensidad, esa intensidad era festejada por los gritos de mi cabalgante, decía: "así mi chiquita, así, hija de mis entretelas, pega fuerte, dame fuertes nalgadas sonoras, enrojece mis nalgas a base de nalgadas... ?nalguéame cabrona, nalguea, no pares, no pares... quiero morir de placer...!" los movimientos de las nalgas eran espeluznantes, incansables, con el espacio entre la raja y la lengua bien mantenido, frotando con suavidad increíble mi lengua tiesa y sin movimiento, pero gozando enormidades. Hubo un grito inesperado por la gran intensidad que tuvo y en ese momento sentí chorros de líquidos que caían a mi boca procedentes de la caliente pucha de mi amada y mamada, mi jinete amado y mamado estaba estilando jugos por la intensidad del orgasmo que la hacía casi convulsionar; después comprobamos que mi adorada y mamada suegra eyacula de lo lindo cuando el placer es colosal. El movimiento de las nalgas no cesaba, al contrario, se tornaron rápidos, más frenéticos, y los chorros se hicieron más gruesos, era que mi suegra en la bella intensidad del orgasmo que la sacudía enajenándola, la hizo aflojar los esfínteres hasta orinarse en mi boca, cosa que disfrute, sin saber que era orina la que tragaba embelesada, y también sacudida por un tremendo orgasmo, tan tremendo, también sentí que mi pucha necesitaba imperiosamente algún estímulo directo, demandaba una apremiante mamada, cuando menos unos dedos benefactores que fueran al duro clítoris que clamaba caricias, aunque fueran mis propios dedos, ?caray! Como pude, saqué mi cabeza de entre las nalgas de la que gozaba con mi lengua sin parar, pude gritar alto, porque supuse que había que rebasar los estentóreos gritos de mi suegra gozante, no dejaba de lanzarlos fuertes al aire, dije: Mamacita, mamacita, recuerda a tu bien cachonda hija... está caliente, quiere una mamada, desea febrilmente tu lengua en la pucha, que la metas hasta la vagina, que beses, lamas y chupes mi clítoris que está ansioso por saborear tu lengua, mamacita, mamacita, no seas mala, no seas cruel, ven...", interrumpió mi discurso; la lengua se metió cual picana en mi pucha estilante separando sabiamente mis jetas peludas Tan solo sentir la lengua de maravilla, de fantasía fantástica, y lanzar los chorros de mi orgasmo en marcha, no fue sino el mismo tiempo, el orgasmo no habría de cesar hasta que ambas quedamos sin fuerza, sin la energía suficiente para cuando menos seguir meneando la lengua dentro de la raja-pucha de la otra; suspiros, los jadeos, los gemidos que casi constantemente se habían escuchado fueron amainando para cesar por completo. Entonces lamí por última vez la caliente raja deliciosa, me fui volteando hasta poder besar los labios de mi amada suegra y también lamí los jugos abundantes que llenaban por completo el rostro de ella, y ella hizo lo mismo en mi sudoroso rostro con suavidad, con suma dulzura, poniendo lentitud en los movimientos sensacionales de su suave, húmeda lengua, movimientos que recordaban los que hizo cuando estaba metida en mi raja que estaba hinchada, olorosa a más no poder, dolorosa de tanta lengua que tuvo. Sobre ella, hice lo necesario para que nuestras tetas quedaran unas sobre las otras, poniendo cuidado en que los pezones se correspondieran como siameses que deseaba ser inseparables. Luego, ella susurró en mi oído luego de lamerlo, las lenguas no se cansaban de saborear la dulzura de la piel del cuerpo ajeno: "?ay, niña preciosa, hija tórrida que Dios puso en mi... pucha deseosa de caricias como las que hiciste, bella malvada, seductora del demonio... ?eres una diosa!, una rica niña que sabe amar... ?perdonas mis... arranques violentos?", dijo contrita, casi con lágrimas en los ojos. Yo, conmovida, dije:
- No hay nada que perdonar, madona de mis deseos... ?satisfechos con creces, amor mío!... ?perdonar algo que me dio tremendo placer?, claro, te prefiero tierna, linda, cachonda, febril, dulce, acariciándome el cuerpo, las chichis, la pucha, con ternura, con amor... ?qué hermoso te meneaste sobre mi lengua, amor mío!, me hiciste gozar con solo sentir tu pucha en mi lengua!, no sabes lo que gocé, no tienes idea de cómo te deseaba desde... el día que vi tus chichis primorosas y tus duros muslos sensacionales, y tus nalgas no tienen desperdicio. ?Te amo, madre mía!, me encantó que me acunaras y me dieras de mamar con tus ricos y calientes senos; hubiera querido que tuvieran leche para beber como la bebé que dijiste era... si te mamo con frecuencia, con mucha dulzura, persistentemente esas primorosas chichis, que Dios te ha dado para mí, tendrán tanta leche que me ahogaré de tanta que sacaré con dulces mamadas y te hagan gozar sin nada más que mis mamadas cariñosas, llenas de amor y ternura, ?quieres tener leche para dármela?
- Quiero quererte, quiero lo tuyo para mí. Sabes, ten la seguridad de que así es, soy tuya, puedo ser tu esclava... te amaré siempre, estaré siempre dispuesta a mamarte y mames mi pucha, mis chichis, mi culo si quieres. ?Ay, querida!, no sabes el pavor que tuve cuando te vi parada en mi puerta, con ese vestido pecador que me hizo poner como pendeja de tanto que me excitó, también me causo pavor porque adiviné que venías... a lo que maravillosamente hiciste... ?Chingada madre!, y yo que tanto pensé en poner un alto a... las locuras que hicimos el fatídico domingo que nunca olvidaré. No he dormido desde ese día, pero ahora, te aseguro, dormiré como bendita, ?y cómo no estar bendita después de tanto amor, de tantas mamadas que te di y me diste?... Pero... ?carajo, hija querida!, ?no será ésta la única vez..., bueno, que nos ponemos hasta la madre de calientes y cogemos cual putas hermosa, bella e incansablemente como lo hicimos hoy?
- ?Carajo, suegra amada y mamada, ?cómo puedes pensar que dejaré de adorar con mis manos, mis dedos, mis labios, mi lengua, con todo mi ser, tu hermoso cuerpo, esos senos incomparables y tan sabrosos, tan soberbios, las nalgas portentosas que se mueven lascivamente cogiendo con mi boca y mi lengua, esos muslos tan preciosos, esos jugos que no me cansé de beber y disfrutar...?, a propósito, ?tienes tantos jugos que se salen a chorros?, ?o fue, carajo, la orina fantástica que echaste en mi boca?
- ?Ay, querida, querida, no me recuerdes... porque en este momento te embrocó para volver a mamarte, para que me mames y saques de nuevo esos chorros que, la verdad, no sé si fueron jugos o miados, no lo sé, pero sentí morir de placer y, sin saber qué, salieron esos chorros que también a mí me sorprendieron, pero estoy segura fueron producto del tremendo, del increíble, del infinito orgasmo que tenía desde que cabalgué tu lengua, esa lengua fabulosa que tan rico me cogió, me lamió y se metió a mi vagina... ?sabes qué?, no sabes, deseo que tú, con un placer semejante al mío, me eches esos mismos chorros a mi boca, sean jugos o sean miados, ?no me importa!... oye, ?y qué vamos a hacer con... nuestros maridos?, ?has pensado en esto?
- ?Ay, suegra de mi vida, mi cachonda seductora!, ?los machos que se vayan al carajo!, digo, creo, no tenemos por qué adoptar una actitud... que se diferencie de la que siempre hemos tenido. A menos?, digo, ?estamos tan liberadas para mandarlos a... iba a decir algo que te afecta, bueno, para mandarlos al carajo, y ponernos a vivir las dos juntas?, puede ser... de mi parte, y ?de la tuya?
- La verdad, hasta este momento pensé en... ?carajo!, eso no tiene la mayor importancia. No tenemos por qué alterar nuestras vidas, y más sabiendo las pendejadas que se hacen y dicen en este pinche mundo de mierda... podemos amarnos sin que? nadie se entere, ?no crees lo mismo?, además, podemos amarnos en sus propias barbas, te aseguro, ni cuenta se darán, así de pendejos son... en todo caso, ?podemos seducirlos y hacer... cuatro seres que cogen al mismo tiempo?, piénsalo. Por lo pronto, propongo aprovechar los momentos, las circunstancias, cualquier descuido de ellos para darnos el placer posible... y, cómo ahora, darnos nuestras mañas para coger sin premuras ni riesgos... ?no te parece?
Estuve de acuerdo en todo. Era tarde; no tardaba en llegar mi suegro, por eso dimos por terminada nuestra primera y colosal cogida. Antes de permitirme levantar, sin ceder ante mis súplicas, me hizo sentarme, luego ella se sentó en el piso para poder meter su lengua fabulosa a mi raja y limpiarla con su lengua saboreando cachondamente mis jugos, todavía abundantes, siguió lamiendo, luego chupó mis ninfas, enseguida lamió mi clítoris con tal maestría que en unos cuantos minutos me hizo estallar un orgasmísimo que, como ella deseaba, me hizo soltar chorros que yo perfectamente identifiqué como orina que no quise contener por lo poderoso y lo largo del orgasmo que dulcemente provocaba con su lengua. Ella bebió con fruición, con entusiasmo, con tal placer que estalló también en otro maravilloso orgasmo. Su lengua se paró, pero no salió de mi raja hasta que su bello orgasmo terminó. Luego, con amor, me beso, acarició uno a uno mis senos y pezones, luego juntó el vestidito que estaba arrugado en el suelo, me hizo levantar las manos al mismo tiempo besaba mis pezones, y, finalmente, me puso el vestido. Tomó su bata; sonriendo maléfica, me dio vuelta para darme soberanas, sonoras, tremendas y deliciosas nalgadas, diciendo:
- Tenga cabrona adorada, para que aprenda que aquí tiene todo el amor del mundo... ?mi chiquilla tan preciosa!, ?Carajo, tenga estas otras nalgadas como castigo porque casi me mata de placer!
Levantó el vestidito para besar mis primorosas nalgas acaloradas por las tremendas nalgadas, besó mis labios, me tomó de la cintura, y me encaminó a la puerta. Allí, después de darme el beso postrero, dijo:
- Te espero el domingo, más temprano y... ?encuerada como hoy!
Luego, me obligó a salir..., y cerró la puerta riendo feliz.

OLIVIA
Redactado por Linda Cacho a petición de la protgonista
Mi correo: lindacacho69@hotmail.com



Ultim actualizacion el Domingo, 2 Noviembre 2008 por admin
  
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