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Fecha: Martes, 24 Julio 2007 « Anterior | Siguiente » en Adolescentes

Dos Lindas Muñecas (I)

rubencito (bonalexandre85@yahoo.es)
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De cómo dos adolescentes en medio de inocentes juegos descubren que hay otros placeres.

Me llamo Pablo y cuando ocurrió lo que voy a narrar había cumplido recientemente los doce años. Era un niño menudito pero, según decían, muy guapo, con mis cabellos rubios y mis ojos claros. Vivía felizmente con mis padres, ambos de treinta años, por lo que se deduce que me tuvieron muy pronto. Mi mamá, llamada Gelu y que se ocupa de las tareas domésticas, es una hermosa mujer que llama la atención por donde pasa, rubia, con unas preciosas tetas y un culo prieto y redondeado. Papá también es un buen mozo, de pelo negro y profundos ojos oscuros, que se dedica a la electrónica. Pues resulta que por aquella época papá tuvo una operación quirúrgica de hernia inguinal y hubo de permanecer inactivo durante casi un mes en cama. Durante el tiempo que duró su convalecencia vino a sustituirlo en su trabajo mi tío Luis, su hermano menor de 27 años que, como vivía en otra ciudad y estaba divorciado, se instaló en nuestra casa con su hijita Katia, un año más joven que yo.

Mi prima y yo pasábamos todo el día jugando, pues su estancia en mi casa coincidió con nuestras vacaciones escolares. Ella vino pertrechada con sus juguetes preferidos, sobre todo la muñeca Barbie que disfrazaba y maquillaba de mil maneras, de la que no se separaba nunca. Como a mí no me iban las muñecas, casi siempre terminábamos jugando al escondite por toda la casa o entre los arbustos del jardín. Katia era en verdad una bonita nena, en la que ya apuntaban las formas femeninas, sobre todo dos tiernas tetitas y un abultado chochito que yo imaginaba debajo de sus braguitas blancas cuando se agachaba y se le marcaba la rajita. Buena parte del día, cuando mi madre iba a hacer la compra y mi tío estaba desempeñando su trabajo en el taller, acompañábamos a mi padre en su habitación y lo entreteníamos, ya que estaba muy aburrido y de mal humor porque no se podía levantar de la cama más que para su aseo personal o para ir al wc. Además estaba muy nervioso por su falta de actividad sexual ya que mamá no dormía con él sino conmigo en mi cama para que él estuviese más cómodo. Aún así en una ocasión en que mamá lo estaba duchando, porque él solo era incapaz de hacerlo, y yo entré en el cuarto de baño a lavarme los dientes, les oir discutir porque le pidió a mamá que, al menos, le hiciera una mamada para aliviarle la calentura y ésta le contestó que "ella no hacía aquellas guarradas, propias de una puta". Así que me imagino que el pobre papá, acostumbrado a un polvo diario cuando estaba sano según yo deducía por los salvajes gemidos que oía tras la puerta de su dormitorio, se pasaría las largas noches de abstinencia pajeándose como un adolescente.

Aquel domingo, después de comer, mientras Katia jugaba con su muñeca sobre la cama de papá, me dirigí a la cocina donde mamá fregaba la vajilla y el tío Luis le ayudaba a recoger la mesa. Papá echaba una siesta y mi primita hablaba sola con su Barbie: "¡Qué linda te he puesto hoy, vestidita de rockera, con tu faldita de cuero y tu cabello rizado a lo afro!" Fue entonces cuando vi que mi tío se le acercaba por detrás a mamá, rozaba con su paquete su precioso culito y le tocaba los pechos mientras los dos se reían por lo bajo. No le di mayor importancia porque supuse en mi ingenuidad que se trataría de una simple muestra de afecto familiar. No quise interrumpirles y volví al dormitorio de papá para proponerle a Katia que jugásemos al escondite. Aceptó complacida y al poco rato me correspondió a mí esconderme y, sin que se enterase nadie, elegí hacerlo debajo de mi cama que es, precisamente, donde duerme ahora también mi madre.

Allí estaba todo acurrucado y silencioso con el colchón a un palmo de la cara, mientras mi prima ansiosa me buscaba por todos los rincones de la casa y del patio, cuando de pronto oí unos pasos muy sigilosos. Por debajo de la cama pude ver que eran mi madre y mi tío Luis que entraban casi de puntillas, cerraron la puerta despacito y se abrazaron. Al poco rato vi como se sacaban la ropa; justamente a mi lado cayeron la bombacha de mamá y los calzoncillos de Luis, luego se tumbaron sobre la cama y menos mal que soy pequeñajo sino me aplastan con su peso. Levanté ligeramente la colcha y comprobé que desde mi escondrijo los podía ver claramente reflejados en el espejo del armario. Estaban los dos completamente desnudos y lo primero que hizo mi madre fue cogerle la polla a Luis, que estaba tumbado todo a lo largo, y meterla en la boca hasta los huevos. Entonces recordé su negativa a mi padre a hacerle una felación "porque era cosa de putas". ¡Cómo disfrutaba la muy zorra metiendo aquella inmensa pirola hasta el fondo de la garganta, mientras mi tío le empujaba con fuerza por los cabellos! Al poco rato Luis se incorporo, tumbó a mi madre sobre la cama, metió su cabeza entre su entrepierna y empezó a succionarle la concha; ella gemía de placer y se llevaba la mano a la boca para ahogar los jadeos. Cuando estuvo bien lubricada, mi tío le abrió las piernas y le metió toda la verga dentro mientras le apretaba con fuerza sus tetas hinchadas y se las chupaba con delectación. Mi pija estaba a punto de explotar, así que con mucho cuidado me bajé los pantalones y los calzoncillos y empecé a masturbarme. Hasta entonces sólo había tenido inocentes tocamientos que me producían un gustito muy placentero y me hacían soltar una agúita pegajosa, pero con aquella visión aprendí yo solo a pajearme tirando de la chota para arriba y para abajo sintiendo un placer nuevo. Con una mano alcancé la ropa interior de los dos folladores. Acerqué las braguitas de mamá a mi nariz y me gustó su olorcito a marisco fresco; el slip del tío Luis estaba mojado con un líquido viscoso justo donde va la polla, seguramente de lo recaliente que estaba pensando en chingar. Justo en el momento en que mamá se corría por tercera vez en medio de grandes espasmos y gritos de "Dios mío, Dios mío, Dios mío ..." (no la sabía yo tan religiosa) y mi tío sacaba la polla de la almeja lanzándole varias ráfagas de lechada sobre el vientre y tetas, yo también soltaba por primera vez en mi vida un abundante líquido blanquecino, que limpié con los calzoncillos de aquel hijoputa. Coloqué de nuevo la ropa interior en el suelo y esperé a que se vistiesen (mi tío ni se dio cuenta que su slip estaba mucho más mojado), salieron de la habitación sin hacer ruido y diez minutos más tarde lo hice yo. Salí al jardín donde la pobre Katia seguía buscándome desesperada ...

(Continuará ...)

PABLO A.



Ultim actualizacion el Miercoles, 25 Julio 2007 por admin
  
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